Iván Aguilar Murguía, albacea de nuestro fútbol

(foto Cornelius Scriba)

Carlos D. Mesa Gisbert

Nacido en La Paz el 23 de febrero de 1947-fallecido en La Paz el 4 de enero de 2021. Arquitecto de profesión. Historiador del fútbol boliviano. Dirigente de The Strongest.

Este mi homenaje al historiador del fútbol, pero sobre todo al colega en la aventura de recuperar el pasado de nuestro bolmpié:

Cuando subí las estrechas gradas que comunicaban el estudio de arquitectura con la mágica biblioteca que me esperaba, empecé por fin a descubrir la personalidad de su propietario.

Conocí a Iván Aguilar -como no podía ser de otra manera- en las graderías del mítico Siles. Ojos claros, rostro fuerte, cara semirisueña. La chalina atigrada y su pasión trasuntando por todos los poros. Él sabía de mis debilidades por la historia del fútbol gracias a mi libro “La epopeya del fútbol boliviano” y quería compartir, sediento, la experiencia del amor inveterado por el fútbol nacional, pero sobre todo por la estadística. Nos vimos muchas veces, sobre todo cuando jugaba el Tigre en la Libertadores o cuando lo hacía la selección, e íbamos con Mario Espinoza y Ximena Valdivia a ver al equipo aurinegro, aunque también al Bolívar (al que Iván seguía furtivamente en esas noches internacionales). Eran tiempos en que Always estaba todavía en su larga sequía fuera de la primera división.

Primer libro publicado por Iván Aguilar (2001)

Iván tenía siempre ideas bulléndole en la cabeza. Tan sólo proyectos, pensé. No, el hombre no se detenía un instante, trabajaba e investigaba sin parar y escribía sin freno. Por eso, para convencerme de su compromiso de vida con el fútbol, me invitó un día a su castillo encantado, su biblioteca. 

Fue como entrar al tesoro oculto de Alí Baba. Allí las joyas, las diademas, la coronas, las monedas de oro eran en realidad las viejas revistas “Panorama”, “CAR”, “Oro y negro”, los gráficos más increíbles con las reseñas de las Eliminatorias, las colecciones más inverosímiles de revistas como “Deportes”, los suplementos deportivos (“Hoy”, por supuesto), las publicaciones de la CSF, libros de lugares ignotos, historias del fútbol argentino, colecciones de fotografías de los años veinte de Gismondi y Cordero… me mostraba una rareza al lado de la otra, banderines de Always que nunca había visto, o de la selección, fotos de Erico y el famoso partido del 41 en el que Strongest  ganó fama de derribador. Fue una larga, casi interminable tarde con Iván, de esas que uno no quiere que se terminen. Increíblemente nunca volví, no fue por falta de ganas…

Ese día ratifiqué lo que era ser parte de una estirpe. Cómo olvidar entonces la joya de mi propia biblioteca en el tema, el primer libro que tuve sobre fútbol boliviano que me regaló Lorenzo Carri en 1969 cuando era un aprendiz suyo en radio Universo y su programa “Sexta edición deportiva”: Se trataba de “Historia del fútbol en La Paz” de don Felipe Murguía. Una de las rarezas de la bibliografía deportiva del país. Lo atesoro casi con devoción. De esa sangre es que era Iván, no sólo por la pasión estadística del tío abuelo, sino por la pasión atigrada.

Ya en esos días de la visita a la biblioteca nos enfrentaba una agria discusión en torno al equipo del siglo, al de más títulos, al de más solera. Él, obviamente, defendía la trayectoria del decano, su equipo del alma, yo sostenía que a esas alturas, considerando la suma de amateurismo y profesionalismo, el mas ganador era Bolívar. Apeló al torneo República, al trofeo Quinteros, a los campeonatos anteriores a la creación de la AFLP en 1914… Pelea inútil, inútil era discutir con un hombre de fe. Qué más da, lo importante era saber que compartíamos ese exótico gusto por las discusiones bizantinas y más, que desde nuestra trinchera contribuíamos a un mejor conocimiento del pasado del fútbol nacional.

Años después me pidió que le hiciera el prólogo a un libro sobre la participación de Bolivia en la Copa América. Se quejaba, con razón, de que no había forma de financiar su libro. No lo leí hasta después de su muerte, cuando su hija Diana me lo pasó para hacer este prólogo que, más que una referencia a la obra en sí, quiere ser un homenaje a ese proteico historiador y también arquitecto que aportó diseños del estadio del Tigre (nunca tomados en cuenta) de todas las formas posibles para hacerlo un gran campo y redondear la obra magna de Rafael Mendoza.

El primer y único libro que conocí de Iván, allá por el 2000 fue su “Un siglo de fútbol”. La obra, además de una catarata de información del fútbol local, nacional, sudamericano y mundial, era una explosión de color y diseño propio, una cantidad inmensa de emblemas, escudos, tonos, colores diferentes de letras y tipografía. No había un espacio desperdiciado, todo estaba lleno de información y movimiento.

Publicado póstumamente, se trata del primer tomo de la gran historia atigrada (2021)

Cuando se publicó, ya póstuma, la enciclopedia de la historia atigrada (primer tomo), asumí que junto a su peculiar estilo, en el que alternaba la estadística, la anécdota, la historia, la catalogación y la riqueza de un acervo fotográfico sin igual, venía su sello personal de arquitecto-diagramador, quizás muy barroco para mí, pero no seguir ese halo de sus formas de diseño hubiese sido traicionar cómo entendía él la presentación de un libro de fútbol.

Libro publicado también en 2021

No tengo que decir que es, lejos, el libro más completo sobre la participación nacional en la Copa América, lo que en el pasado se conocía como Campeonato Sudamericano. Casi podría decirse que no falta un solo dato, una reseña, un comentario más o menos duro en ocasiones, celebratorio otras. Lo estelar, claro, es la reseña del 63. Hubiese sido ideal la simetría exacta en la forma de presentación de las dos mejores performances nacionales, la del 63 y la del 97, pero eran tiempos distintos… Allí están campeonato por campeonato, foto por foto, detalle por detalle, todos los torneos.

Y, claro, lo más preciado para los fanáticos, el apéndice estadístico, donde están todos los datos que uno quiere y aquellos que no se pueden siquiera sospechar.

Un banquete.

Iván Aguilar amaba lo que hacía, era un inveterado optimista, era por sobre todas las cosas un hombre de fútbol. ¿Podría acaso pensarse en su media sonrisa -que no era condescendiente sino prometedora- en otra cosa en su cabeza que no fuera el fútbol? Sí, por supuesto, la vida, la pasión por su familia, la actividad incesante, una idea detrás de otra, un libro detrás de otro. 

Afortunadamente después de irse nos ha dejado un patrimonio invalorable que se irá desgranando como un collar interminable de aportes a nuestro pasado, el de los atigrados y el de los amantes de la casaca verde, aquella que nos llena el corazón, aunque no seamos sino una modesta parte del fútbol sudamericano.

Escribir para Iván y sobre Iván es, por eso, un gran privilegio.

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